Memoryass

Pese al trabajo de mierda que me tocó desempeñar, nunca terminé convertido en un cara de raja, sería una absoluta paradoja. Jamás traspasé la línea que delimita la relación paciente-terapeuta y mucho menos hice públicas las infidencias que me contaron y otras que por simple intuición descubrí. Si existe una palabra que me define en plenitud, esa es discreción, porque fui el más ético profesional al servicio de la gente, el más tolerante y el más agudo. Sí señor, yo tenía buena madera para este trabajo y fui un gran apoyo para todos quienes requerían mis servicios. Pero el desgaste físico me terminó por pasar la cuenta, no soy de fierro y me siento como el culo. Aunque fueron sólo diez años de exhaustivo servicio, me acaban de jubilar. ¡Al fin tiempo libre para mí!, entonces escribiré mis memorias, como un legado a las futuras generaciones o el simple delirio narcisista de un jubilado que se niega a su final.

Soy el primogénito de los Pino, familia insigne del sur  de  Chile  de  larga  tradición  ferroviaria.  Mi  infancia transcurre en feliz melancolía, bajo la interminable y poderosa lluvia que agita los oscuros bosques de Temuco. Aquí aprendí a escuchar, quien se sumerge en un bosque sabe de lo que hablo, Neruda dijo: “Suena y se calla el bosque: se calla cuando escucho y suena cuando me duermo”, esa es la verdad, en cada silencio hay  un mensaje y yo aprendí a escuchar ese silencio, heredando de la madera esa apariencia dormida de las cosas inmóviles, pero llenas de vida como un árbol. A fin de cuentas, Neruda y yo somos muy parecidos, él era bueno escribiendo y yo mejor escuchando, tuvimos las mismas raíces.

Me demoré en crecer, mi mamá decía que estaba apestado, después de sorprendentes secretos caseros, pichí de perro y cuanta huevada se le ocurría a mi abuela, al fin alcancé la altura suficiente para entrar en la  juventud convertido en un tipo apuesto con frondosa cabellera. “Ahora eres un hombre hecho y derecho, todo un Pino”, decía orgulloso mi ahora calvo padre, quien por herencia terminó trabajando en Ferrocarriles del Estado. Era feliz en la estación de trenes, entre los rieles reparando  durmientes,  orgulloso  de   sí  mismo,  con la convicción de estar haciendo lo correcto y la seguridad que entrega el trabajo experto de un oficio. Yo quería ser como él, pero la juventud está llena de frustraciones, ¿por qué la mía iba a ser distinta? Un voraz incendio terminó  de matar a mi padre, me trajo a la capital y redujo a cenizas mis sueños y esa larga tradición familiar.

Hice de todo para ganarme la vida y hubo quienes me dieron la oportunidad de mostrar mi talento.  Care palo trabajé en albañilería, ayudando en la  construcción de edificios; también me embalé con un artista y sus materiales para una escultura; con un zapatero haciendo hormas para calzado. Donde verdaderamente me lucí, fue con un carpintero: hice mesas, sillas, marcos de ventana, closets y todo lo que hace un carpintero. Las largas jornadas, diseñando, tallando o cepillando y esa metódica acuciosidad del trabajo prolijo permitieron mi  reencuentro con el silencio, la feliz melancolía de mi infancia y mi ¡por fin! propia identidad.

Con la propiedad que da la convicción de saber quién es uno mismo, quise ser otro. Me dediqué  entonces a la actividad más antigua de todas. A esa que la sociedad le pone la peor de sus caras, pero que igualmente usa, abusa y necesita. Me hice promiscuo de la noche a la mañana. En una placita de Providencia me introduje en esta actividad, debo reconocer que al principio me daba pudor, pero terminé aceptando mi nueva condición. Si en el sur mi familia era distinguida y célebre por su tradición ferroviaria, acá en la capital los Pino serían sinónimo de promiscuidad. “Hazla completa”—diría mi padre. La verdad, me importó una soberana raja diferenciar hombres de mujeres, niños de adolescentes o ancianos; si estaba vivo o muerto me daba igual; las mascotas también tienen lo suyo, la palabra promiscuo quedó chica para tamaño campo laboral. Fue atendiendo a un par de jovencitas con cola less que escuché la palabra que mejor define mi actividad: Terapeuta, persona entendida en terapéutica (parte de la medicina que trata de los remedios). Y eso es lo que soy, una persona entendida en remedios o un remedio propiamente tal. De ahí en adelante los más estrechos, profundos y lujuriosos días que jamás he de olvidar.

Cada año había un culo que destacaba del resto. Atendí desde uniformados, hasta indigentes. Habituales eran las oficinistas en sus horas de colación y jóvenes los viernes y sábado por la madrugada. Los domingos por la tarde terapias grupales, lo máximo han sido siete simultáneamente. Soy toda una máquina, una fiera devoradora de culos. No es de extrañar que con el transcurrir de los años, me haya convertido en todo un experto.

Este poco convencional oficio también puede llegar a ser una rutina y nada es peor que el trabajo rutinario. Durante el aniversario número cinco de mi oficio, decidí comenzar a clasificar a mis clientes según el tamaño de su culo. El primer grupo lo integran todos aquellos de pequeña dimensión; con carnes duras y aspecto saludable; son los que yo denomino: Traseros. Cuando la carne es más flexible, un poco suelta y muestra el desgaste típico del uso abusivo, los califico como Culos. En la categoría Poto entran todos aquellos que de lado se ven planos. Cuando la dimensión sobrepasa el ancho de los hombros, visto desde frente, estamos en presencia de Asentaderas. Los   niños   y  adolescentes   varones  tienen Nalgas, las mujeres de este grupo etario tienen Glúteos. Raja y Hoyo queda asignado para adultos y tercera edad con vida sedentaria. Los obesos mórbidos tienen Posaderas. El Ano es el común denominador, todo culo, raja o trasero que se precie de tal tiene un ano.

Una tarde cualquiera, en plena atención, caí en un estado de ensimismamiento, y por difícil que parezca, un Culo me habló. Sus primeras palabras  fueron: “Prrfffff” era un Culo educado, de una señora sofisticada, al juzgar por su ropa interior y aromático semblante. La verdad, me sorprendí y no pude evitar responderle:

—¿Me hablas a mí?—pregunté atontado.

—Prffff Prf Prffffffff prfff fii

—¡No todos los días te habla un culo!—exclamé.

—Prfff prffff, prfff prrfffff—respondió irritado.

—Claro que conozco un pedo, pero nunca pensé …

 

Ahí estaba yo, conversando de trivialidades con un Culo: profundidades del canal excretor, ¿qué es primero el olor o el pedo?, la fábula de la vagina dentada, ojetes de famosos y el pecado origi-anal. El mundo se ve distinto desde la perspectiva de un Culo. La constante preocupación por la conducta alimenticia de su dueño, excesos de aliños, merkén y vino tinto le han dejado hecho pebre el ano. Se fue para siempre su voz de tenor, la misma que en sus mejores años, en la justa sincronía de un diafragma y un obturador, podía controlar  la intensidad y duración de sus tronaduras: algunas escandalosas y extravagantes, impronta indeleble de su propia autoría, y tantas otras al mejor estilo Ninja, silenciosas, pero letales. Le era difícil aceptar que sus pedos de hoy, eran apenas un simple y tímido rechinar. Qué tiempos aquellos en que era un Don Trasero, ahora debe conformarse con prolongar su aspecto de Culo el mayor tiempo posible, antes de convertirse definitivamente en Raja, o peor aún, en un simple hoyo.

Así pasaron los años conversando con Culos, Potos y Traseros ajenos. Reímos y cantamos, ¡tantos momentos felices al calor del verano santiaguino!, Glúteos traspirados, semi agrios, halitosis anal moderada producto   de   una   ingesta  indiscriminada   de   prietas o interiores, ¡qué más da! nada que un buen Imecol no pueda quitar. Mientras exista alguien que quiera escuchar, habrá también un Poto para conversar.

Hace un par de semanas atrás, en mi rutina habitual de sábado por la noche, me tocó un culo bastante peculiar. De esos que vienen recubiertos en un pantaloncito de cotelé, con cinturón del mismo color, y el estuche del celular al lado izquierdo. Era uno de esos que  yo denomino Culo Intelectual, con paciencia y buena lubricación he llegado a ver el lente que esconde en el ojete. Comenzamos con lo habitual, el clima de la ciudad, el calentamiento global, la definición de orto nos  tomó más tiempo de lo habitual. Orto se define como la salida  de un astro, pasamos del ámbito universal a la salida del sol y el primer destello de una estrella, concluyendo en el acto mismo de cagar, “la salida de un mojón podría representar un orto”—le dije—y con ello la acepción original, el significado pasa a ser significante… “Mi pica el orto”—dijo—y reímos un buen rato antes de continuar. Le conté que cumplía diez años en esta actividad y que comenzaba a sentir el desgaste propio del abuso corporal. Puso una cara de poto irreconocible antes de hablar, me lanzó una interrogante que tal vez no habría querido escuchar. “El poto no existe, las nalgas son la terminación de las piernas.”, lanzó una carcajada estrepitosa ¡Prfffff!, insinuó un cara pálida y se marchó.

Qué desgracia la mía, ¡diez años de mi vida dedicados a analizar una cagada que no existe! Y aunque una cagada puede ser algo muy real, me consta plenamente, el futuro se me hizo incierto frente a tan lapidante afirmación: “El poto no existe” se repetía en mi mente sin parar.

Ya era domingo terminando la mañana, las señoras saliendo de misa me buscaban para su terapia habitual. Quise gritar y escapar, pero algo me lo impedía, justo cuando iba a hacerlo descubrí que no tenía piernas. Recordé a mi padre y el atardecer en los húmedos bosques de Temuco. ¡Soy un terapeuta profesional! Grité al mismo tiempo que oía un ya conocido rechinar. Un tornillo cae al suelo, ¡No soy de fierro recordé!, nadie escucha al que  sabe escuchar ¡Me llamo… me llamo! ¿Cómo me llamo?, me  veo  a  mi  mismo  desintegrado  en  el  suelo.  ¡Soy   el primogénito de la insigne familia Pino del sur de chile! Imágenes surrealistas atraviesan rápidas e incoherentes frente a mis ojos: El incendio, la línea del tren, mi padre el durmiente en llamas, talan mis piernas, reparten mi cuerpo en trozos gigantes, la feliz melancolía. Soy un bastidor, ahora el marco de una puerta, una escultura barnizada, una mesa… Semi conciente, alcanzo a verle el trasero al animal que me acaba de desarmar:  “Funcionario Municipal”. Soy una silla menos en el  parque forestal.

 


 

“Memoryass” de Mario E. Moreno Rodríguez, cuento incluído en el libro “Temperamento” 1ª edición © 2012 Bubok Publishing S.L., España, 2ª edición © 2015 Ciberviviente SpA, Chile. Registro Propiedad Intelectual: 1204261534505. ISBN papel: 978-84-686-0930-0. ISBN ebook: 978-84-686-0931-7. Todos los Derechos Reservados.

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